Completamente desarmada


Todas tenemos esos pequeños detalles hogareños que nos importan demasiado y nos pueden hasta volver locas de vez en cuando. Para ser honesta, yo tengo más que tan solo unos cuantos, pero uno de los más importantes para mi es la necesidad compulsiva de tender la cama. Desde tiempo inmemorial recuerdo estar obsesionada con tender la cama. Es tan grande mi locura que, si por alguna razón no pude tenderla en todo el día, me es absolutamente necesario tenderla, aunque sea un segundo antes de destenderla nuevamente para acostarme en ella, pues si no lo hago, sé muy bien que no podré dormir cómodamente.

Dije que iba a ser honesta.

En fin.


Obviamente esta pequeña obsesión no solo aplica a mi propia cama, sino también a las de los demás. Por suerte en mi casa solo vivimos tres personas, mi esposo y yo compartimos una cama, (en estos tiempos modernos es necesario aclarar estas cosas), y mi hija de diez años tiene la suya.


En los años previos a nuestra “desescolarización” como familia, yo, como buena y hacendosa madre que soy, religiosamente tomaba la tarea de tender la cama de mi hija. Esto significaba no solo acomodar sabanas y cobijas, sino que también quitar más de diez peluches, y luego volverlos a depositar en su orden especifico, sin cometer errores o faltarles el respeto, (lanzarlos para que aterrizaran sobre las almohadas hubiera sido altamente desaprobado). Y después conocimos la desescolarización, y la autodirección, y la idea de colaborar como familia en las tareas del hogar, y el concepto de animar a las niñas y los niños a completar sus microciclos (o en otras palabras a hacerse responsables de los desastres propios), y muchas otras herramientas y conceptos hermosos para mejorar como familia y como personas.

Así que, armada de herramientas y conceptos un buen día le dije a mi hija:


- Creo que ya no voy a tender tu cama. Pienso que ya es algo de lo que tú te podrías encargar. ¿No crees?


Dicho esto, ella me miró con su infinita paciencia y sabia sonrisa y me contestó dulcemente,


-Si, está bien.


Y ahí terminó el asunto. Yo, orgullosa de mis formidables habilidades para gestionar acuerdos, salí satisfecha de su habitación y seguí con mi día. Si le ponemos pausa a esta película un momento, podemos analizar el evento que acaba de pasar y darnos cuenta de que nunca se generó un acuerdo entre nosotras. La conversación fue bastante unilateral, y como buena persona adulta en control de la situación, únicamente me encargué de formular un decreto. Pero esa es otra historia y tal vez inspiré a futuros escritos.


Los días pasaban y la cama de mi hija permanecía igual, cobijas revueltas, sabanas zafándose del colchón en varias esquinas, arrugas en las almohadas, sin dramatizar, una verdadera pesadilla para mí. Eso sí, los múltiples animales y criaturas de peluche cada noche eran acomodados ordenada y respetuosamente, privilegio que algunas criaturas disfrutan por ser pachones y suavecitos.


Finalmente, sin poder aguantar más una noche antes de leerle su dosis rigurosa de literatura observé,


-No has tendido tu cama.

-No.

-Pensé que de ahora en adelante tú te ibas a encargar de tenderla.

-No me han dado ganas.

-Pero, deberías tenderla.

- ¿Por qué?

- ¿No te molesta dormir en una cama destendida? Yo no puedo dormir cuando mi cama está desarreglada. ¿Ves que siempre la tiendo, aunque sea justo antes de dormir?

-A mí no me molesta.

- ¿Deveras? Pero aun así deberías tenderla. ¿No crees que se ve más bonita cuando está tendida?

-A mi no me importa.

- ¿Deveras? Pero… ¿No crees que deberías tenderla?

- ¿Por qué?


Si hubieran estado allí conmigo, se hubieran dado cuenta de que en las preguntas de mi hija no existía ningún tipo de rebeldía, ni ganas de retar, ni necesidad de llevar la contraria. Ella honesta y sabiamente estaba preguntándome porque debía tender su cama, buscando como una curiosa científica alguna razón lo suficientemente contundente y lógica que la convenciera de realizar la tarea.


Yo, completamente desarmada e incluso un poco entretenida, me di cuenta de que las únicas razones que le podía dar formaban una lista de normas de etiqueta y estándares sociales de belleza y orden que, al ser completamente subjetivas e irrelevantes, carecen por completo de peso en una discusión. Orgullosamente derrotada, ya que su deseo de buscar razones reales, su firmeza al cuestionarme, y su seguridad al reconocer sus prioridades y gustos me dejaron satisfecha, solté el argumento y comencé con la lectura. No sin antes decirle que tenía razón, que aceptaba que ver las camas tendidas era una necesidad estética personal, y que, ya que era su cuarto, ella estaba en todo su derecho de tomar las decisiones sobre el espacio.


El aprendizaje que obtuve de esa pequeña viñeta cotidiana se hizo evidente rápidamente. Al adentrarnos en una educación autodirigida pasan muchísimas cosas. A medida que las niñas y los niños recuperan la libertad de tomar sus propias decisiones, estas decisiones no se quedan contenidas únicamente en el entorno del centro de aprendizaje, sino que van permeando hacía el resto de sus vidas, impulsándoles a cuestionar sus gustos y preferencias, a plantearse preguntas propias, y a hacer frente a aquellas arbitrariedades que muchas veces como adultos les imponemos sin siquiera darnos cuenta. Y es precisamente como adultos que nos toca la dura tarea de reconocer cuando estamos imponiendo y soltar ese control del que estamos tan enamorados.


Pero déjenme decirles que la historia no termina allí. Pues después de mas o menos un año de ver la cama de mi hija destendida y lograr que realmente dejara de molestarme, las valiosas enseñanzas siguen haciéndose tan evidentes como los días de vacaciones en las playas. Y es ahora cuando me queda total y tangiblemente clara una de las ideas que profesan los Centros de Aprendizaje Ágil.

Cuando la motivación es intrínseca, es decir, cuando la motivación viene de adentro, difícilmente existirá algo que la pueda detener. Y esto aplica a motivación para aprender, para cambiar, para lograr, incluso para tender la cama.



Hace cerca de un mes, a consecuencia de un trueque en el que no había mucho espacio para escoger, como última opción mi esposo obtuvo un ligero cobertor. La tela, pintada a mano, está decorada con intrincados patrones que van formando progresivamente un hermoso mandala en colores morados y violetas. Al verlo mi hija se enamoró inmediatamente y corrió a colocarlo sobre su cama. Yo, sin pensarlo demasiado, hice el comentario de que estaba muy bonito y que se podía apreciar mucho mejor cuando la cama estaba tendida. Desde ese día, después de más de un año, sin necesidad de acuerdos, sin chantajes, sin imposiciones y sin coerción alguna, la cama de mi hija aparece tendida sin falta todos los días, y yo, ni siquiera me acuerdo de recordárselo.